Saturnino Martín Cerezo y los Últimos de Filipinas.

Hace ya unos años del centenario del llamado “desastre del 98”, cuando España perdió sus últimos territorios allende de mar, los últimos vestigios de aquel imperio solar del Siglo de Oro. El trágico y desdichado final de los acontecimientos acaecidos en 1898 no debe hacernos olvidar que pese a las derrotas, el orgullo y honor de España y de nuestro ejército quedó muy alto. No solo no quedó mancillado nuestro buen nombre, sino que se le honró y se escribieron páginas de gloria con letras de oro. Uno de los mayores ejemplos es, como no podía ser de otra forma, la historia de Los últimos de Filipinas y en especial del hombre que lideró su resistencia, el teniente de infantería Don Saturnino Martín Cerezo.

Don Saturnino Martín Cerezo

Las Islas Filipinas pertenecían a España desde 1565, cuando el rey Felipe II, que da nombre a las islas, encargó su conquista a Andrés de Urdaneta y Miguel López de Legazpi. Hubo alguna que otra revuelta que sofocar a lo largo de los casi cuatro siglos de posesión española, pero es a finales del siglo XIX cuando se organiza un verdadero movimiento de segregación, cuyo máximo exponente era el grupo Katipunan, liderado por Emilio Aguinaldo. En 1897, Aguinaldo y el general Primo de Rivera firman una paz que parece estabilizar el territorio. El distrito del Príncipe, cuya capital es Baler, había sido siempre una zona tranquila, pero en los últimos enfrentamientos los españoles habían sufrido serias bajas en la zona. Pese a todo, no se refuerza convenientemente la posición después de la paz y tan solo se envían 50 hombres del 2º Batallón de Cazadores al mando del teniente Juan Alonso Zayas. Junto a él hay otros tres oficiales, el capitán y gobernador político-militar del distrito, Enrique de las Moreras y Fossi, el teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones y el que será el gran protagonista, el teniente Martín Cerezo. Junto a ellos habrá 4 cabos, 1 corneta, 45 soldados y 3 sanitarios, dos de ellos filipinos, los cuales fueron los primeros en desertar.

Tras estallar la guerra con Estados Unidos, los filipinos se vuelven a rebelar. En un principio los americanos les demostraron un apoyo que luego se vería falso, pero que ahora les valdría para debilitar a los españoles en esa zona. Centrándonos en Baler, el asedio se puede dar por iniciado el 30 de junio de 1898, cuando los españoles rechazan un ataque de los independentistas filipinos, en el cual resulta herido el cabo de la guardia civil Jesús García Quijano. Los mandos españoles se percatan que están aislados en Baler, la capital, Manila se encuentra muy lejos para poder recibir refuerzos, por lo que para asegurar su posición deciden encerrarse en la iglesia de Baler, la cual cuenta con unos muros muy gruesos y que durante 337 días se convertirá en su fortaleza inexpugnable. Nada más empezar a organizar la posición, el teniente Martín Cerezo, entonces tercero al mando de la guarnición, empieza a demostrar sus dotes de líder. Muestra una gran prudencia a la hora de acumular víveres, incluso trae 4 caballos a la iglesia pues si les pueden servir de carne en un futuro, pero ante la negativa de los otros mandos, los ha de liberar. Pese a todo se sigue mostrando competente en sus acciones, y piensa que sería bueno excavar en busca de un pozo de agua. Un maestro del pueblo le dice que muchas veces se ha intentado esto y nunca se ha conseguido. Esta afirmación no doblega la iniciativa del teniente Martín y se sigue con la excavación, la cual tras llegar a los cuatro metros de profundidad dará sus frutos, algo que fue de vital importancia para soportar el asedio. También se construirá un pequeño huerto y se almacenará todo el alimento posible, aunque la falta de sal para conservarlo, hará que se pudra con el tiempo.

La iglesia donde se refugiaron los españoles.

Los días van pasando y llegan las primeras deserciones. Mientras tanto, en el exterior, el desarrollo de acontecimientos no para. España es derrotada en sendas batallas navales por Estados Unidos y acaba por firmar el 10 de diciembre la Paz de Paris, por la que España vende a su contendiente Filipinas, la isla de Guam y Puerto Rico por 20 millones de dólares. Ignorantes de todo esto, los bravos españoles continúan su numantina resistencia tras los muros de la Iglesia. La falta de vitamina B será la causa de la propagación de la enfermedad del beriberi, que junto a la disentería hará estragos en la guarnición. Mientras que solo hubo dos muertos por herida de bala, serán 16 los que fallezcan por enfermedad, entre ellos el capitán de las Morenas y el teniente Zayas, quedando en noviembre ya como jefe único el teniente Martín Cerezo. Cabe destacar que durante el asedio, los independentistas no pararon de enviar misivas pidiendo la rendición de la posición. A la última a la que respondió el capitán de las Morenas, era este el que les instaba a los filipinos a rendirse, prometiéndoles que serían tratados de forma benévola. Los filipinos no podían creer la tenacidad de los españoles e hicieron todo lo posible para que desistieran de su actitud. Les enviaron dos curas para convencerles, pero se acabaron quedando con los sitiados. Del mismo modo, no dejaron de utilizar todo tipo de tretas, como poner mujeres semidesnudas frente a los españoles haciéndoles proposiciones sexuales. Todo este tipo de argucias fue lo que hizo que el teniente Martín Cerezo nunca creyera que España había abandonado aquellas tierras y mantuviera la constancia en la defensa. Tras la primera fase de la epidemia de beriberi al teniente solo le quedaban 35 soldados, un trompeta y 3 cabos, y ninguno estaba completamente sano. La toma del mando por parte del teniente Martín Cerezo se hizo notar en la moral. Todas las tardes, para mantener el entusiasmo en sus tropas y dejar claro al enemigo que nunca se rendiría, cogía al personal que estaba franco de servicio y organizaba pequeñas fiestas. Y, como buenos infantes, no desaprovecharon el día de la Inmaculada para celebrarla pese a lo delicado de su situación. Ese día hubo menú especial con moraga de sardinas, café y torrijas de postre. La situación se complico cuando el teniente médico Vigil estaba a punto de morir. Era necesario obtener fruta para curar su enfermedad. El teniente Martín Cerezo organizó una salida comandad por el cabo José Olivares Conejero junto a 14 hombres. La acción fue en éxito, pues además de conseguir fruta fresca, se incendiaron las casas desde donde más fuego hacían los indígenas, los cuales huyeron, y se perfeccionó la zona de la defensa, además de que se pudieron abrir las puertas de la iglesia para su ventilación. En Nochebuena, una nueva fiesta y menú especial, pollo asado y fruta, calabaza asada y café, todo ello amenizado con villancicos y música gracias a los instrumentos que había en la iglesia.

La iglesia en la actualidad, donde cada año el ejercito filipino honra el glorioso episodio que aquí se dio.

Los filipinos empezaron a enviar a mediadores españoles para que convencieran a los sitiados de que la guerra había terminado. El teniente Martín Cerezo contestaba en nombre del capitán de las Morenas, pues había ocultado su muerte al enemigo. Incluso cuando vino un capitán español con una orden de rendición firmada por el gobernador, el teniente Martín Cerezo no la creyó, pues le pareció sospechoso que este se le presentara de paisano y decidió acogerse al artículo 748 de las Ordenanzas Militares en el que se recordaba que, en situación de guerra, incluso la ejecución de las órdenes escritas de rendir una plaza provenientes de un superior debían ser suspendidas hasta que se comprobase fehacientemente su autenticidad, enviando, si era posible, una persona de confianza que las verificara.

En febrero se descubre el intento de deserción de dos soldados y un cabo, que resultan arrestados, y a los que se acabó por fusilar poco antes del final del asedio, cuando se pensó en una huída desesperada en la que estos elementos podrían haber sido un peligro. Ya en abril, los americanos, ahora en paz con España y en guerra con los independentistas envían un buque para rescatar a los sitiados, el USS Yorktown, pero son sorprendidos en el desembarco y mueren un teniente y 15 marines. Estamos ya en mayo de 1899 y llega a parlamentar con los asediados alguien que se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda, y que viene en nombre del General Ríos. El teniente Martín Cerezo duda de la veracidad de este hombre y es famoso el dialogo entre ambos, el cual dice:

“¡Pero hombre! ¿qué tengo que hacer para que Vd. me crea, espera que venga el General Ríos en persona?” A ello le contestó el teniente Martín Cerezo: “Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes”. Pese a rechazarle, aceptó unos puestos periódicos que decía traer de España.

Es junio y la situación dentro de la iglesia es desesperada. Haciendo una vez más gala de una gran responsabilidad, el teniente Martín Cerezo decide organizar una salida nocturna hacia la costa para encontrar un buque que les lleve hasta Manila. A causa del tiempo, tuvo que retrasar la acción y en ese intervalo leyó aquellos periódicos que le había dejado el Teniente Coronel Aguilar Castañeda. Cuál fue su sorpresa cuando leyó la noticia de que su amigo y compañero el teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro hacía tiempo. Según se expresaría el mismo Martín Cerezo, “Aquella noticia fue como un rayo de luz que lo iluminara de súbito”. Decidió entonces reunir a sus hombre y les relató cuál era realmente la situación y les propuso una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España. Sus hombres confiaron una vez más en su líder y este pacto las condiciones con el Teniente Coronel filipino Simón Tersón. Lo que pedía el español era lo siguiente:

“En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas”.

Así acababan 337 días de duro asedio. Los filipinos, hasta entonces enemigo, presentaron armas mientras salían con la bandera española ondeando al viento y desfilando los bravos soldados españoles. Antes de volver a España fueron recibidos por el propio presidente filipino Emilio Aguinaldo que los honró por su valentía y publicó el siguiente Decreto:

“Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país”.

El 29 de julio de 1899 llegaban a España Los últimos de Filipinas, que eran 1 Teniente de Infantería, 1 Teniente Médico, 2 Cabos, 1 Corneta y 28 Soldados.

El decreto.

El teniente Martín Cerezo hubo de dar cuenta a sus mandos sobre su actuación y de porque no obedeció a las ordenes de que abandonará su posición. Se defendió con un argumento de peso, que no podía creer que el ejército español se hubiera rendido. Finalmente, un tiempo después el rey Alfonso XIII le concedió la más alta distinción militar, la Cruz Laureada de San Fernando. Martín Cerezo acabaría llegando a general. En 1904 escribió sus memorias sobre el sitio de Baler, en la obra titulada El Sitio de Baler, notas y recuerdos.

 

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