La Batalla del Salado, golpe mortal al islam.

La gran victoria de los cristianos españoles sobre los moros en las Navas de Tolosa, en 1212, parecía haber acabado para siempre con la amenaza musulmana sobre los reinos de la vieja Hispania. Tras la caída del poder almohade, los débiles reinos de taifas fueron cayendo uno tras otro en poder de portugueses, castellanos y aragoneses. En pocos años se podría haber dado fin a la Reconquista, pero el rico reino nazarí de Granada mantuvo su independencia a base de grandes tributos, los cuales, servían para aliviar la delicada hacienda castellana. Pese a todo, los nazarís nunca dejaron de anhelar sacudirse el yugo cristiano.

Mientras tanto, en el norte de África, un nuevo poder desplazaba a los decadentes almohades. Eran los Banu Marin, más conocidos como benimerines. Con un poder central ubicado en Fez, pronto se extendieron por todo el Magreb y pusieron sus ojos en la ansiada península. Allí empezaron a mantener relaciones con los nazarís para ver de qué forma podían vencer a los cristianos. Se alían para proclamar la guerra santa e inician las incursiones en territorio enemigo. Famoso es el sitio que pusieron a Tarifa en 1294, apoyados por el infante castellano don Juan, que pretendía usurpar el trono de su hermano, el rey Sancho IV. Allí la defensa organizada por Guzmán el bueno evita la caída de la ciudad, aún a costa de perder a su propio hijo, para lo cual cedió a los moros su cuchillo para que acabaran con él, tras haber sido chantajeado con su vida para que abriera las puertas de la ciudad.

Alfonso XI en el momento culmen de la batalla.

Pasan los años y el primer éxito benimerín llega en 1329, cuando toman Algeciras. La contra castellana llegó al año siguiente, cuando se apoderaron del estratégico castillo de la Estrella en Teba. Tras la batalla en esta localidad, donde murió el cruzado escocés Sir James Douglas, se firma una tregua de cuatro años y unos pagos de los nazaríes hacia Castilla. No detuvo esto el afán de los musulmanes, que enseguida se apoderan con su flota del estrecho de Gibraltar y toman esta ciudad en 1333. Nadie en Castilla parece percatarse de la verdadera amenaza que se cierne sobre ellos. Nadie excepto el viejo almirante Jofre Tenorio, que a través de una red de espías consigue la información de la acumulación de naves musulmanas en el estrecho para transportar un ejército de 300.000 hombres a la península. El entonces rey de Castilla, Alfonso XI, manda a su almirante a que ataque a la flota mora, pero este en un primer momento prefiere evitar el desigual enfrentamiento directo, para atacar a naves aisladas. Tras ser tratado en la corte como un cobarde, el orgulloso marino se lanza a un suicidio seguro, pues apenas contaba con 17 naves contra las 193 de los benimerines, que además habían recibido otras más de apoyo de Túnez. Pese al valor de los castellanos, solo se salvan cinco naves, siendo el resto hundidas y los hombres capturados y decapitados.

Tras este descalabro, Alfonso XI -que consigue apoyo del papa y que declare como cruzada su guerra, dando absolución absoluta a los que luchen durante tres meses -, pide ayuda a la flota aragonesa y genovesa, que ante lo delicado del panorama, se la prestan sin dudar. Siguen la táctica, antes criticada, del almirante Tenorio, y con ataques aislados se hacen con el control del estrecho en unos meses. Además de estos apoyos, Alfonso XI debe tragarse el orgullo y suplicar la ayuda de su suegro, Alfonso IV de Portugal, que tras hacerse de rogar, se la concede. Ambos monarcas se reúnen con sus fuerzas en Sevilla y desde allí se dirigen a Tarifa. Las cifras varían según los autores, pero entre ambos sumarían unos 60.000 infantes y 18.000 jinetes. Por el contrario, las fuerzas de benimerines y nazarís se estiman en más de 160.000 infantes y 40.000 jinetes. Ambos bandos se encontraran en los márgenes del río Salado, con la flota aragonesa cerrando el estrecho para impedir la llegada de más tropas que reforzaran a los musulmanes. Es el 30 de octubre de 1340.
Tras unas primeras escaramuzas, la superioridad numérica musulmana parece imponerse. Los cristianos luchan con valor, pero el pánico se empieza a apoderarse de algunos núcleos que amagan con la huída. El propio rey castellano recibe un flechazo en la silla y hasta a punto de lanzarse en una carga solitaria y suicida contra los moros. Un consejero religioso le frena y le aconseja calmarse. Si el rey muere, la batalla estará perdida, el ejército cristiano perecerá y los moros tendrán campo libre para hacerse de nuevo con toda la península. El momento es muy crítico, pero Alfonso XI se rehace y mantiene la disciplina de sus hombres presentándose en los puntos más calientes. Hay que apuntar que mientras las tropas castellanas se enfrentaban a los benimerines; los portugueses se opusieron a los nazaríes de Granada, por lo que se puede decir, que existían dos batallas en una. Es en el peor momento, cuando la guarnición cristiana de Tarifa sale de la plaza y pilla por la espalda a los benimerines. Mientras los infantes nazaríes, mucho mejor entrenados que los benimerines, viendo cerca la victoria sobre los lusos, pierden la formación. Es entonces cuando Alfonso IV lanza a su caballería pesada y los destroza, emprendiendo la fuga los pocos que se salvan.
Volviendo al lado castellano, el líder benimerín, Abdul Hassan, viendo a sus hombres rodeados, envía a la flor y nata de su ejército, la caballería de elite, los merinid. Pero nada podrán hacer ante los infantes castellanos que los ensartan en sus lanzas. Hassan ya no sabe qué hacer y lanza su reserva de 90.000 infantes a darlo todo por el todo. Es un error fatal. Alfonso XI también tenía una reserva, la de 5000 caballeros, armados y protegidos hasta la médula. Será esta inmensa masa de hierro la que aplaste a los soldados benimerines sin compasión, llegando incluso hasta el campamento base de de Abdul Hassan, el cual saquean, tras acabar con la vida de todas las mujeres y niños.
Los cristianos habían perdido 8.000 hombres, los musulmanes más de 105.000. No correrán la misma suerte que sus hombres los líderes moros. Hassan consigue huir al norte de África, mientras que el rey nazarí, Yusuf I, se refugia en su Granada.

Mapa extraído de www.laplazadelmercader.com

La victoria cristiana corre como la pólvora por toda Europa. Se le envían al papa numerosas riquezas tomadas a los moros y todos los pendones que se les capturan, de los que hoy en día se pueden ver tres en la catedral de Toledo.
La invasión benimerín fue la última musulmana sobre la península. El poder musulmán no volvió a levantar cabeza. Como sucedió después de las Navas, el reino de Granada se salvo, y perduró más de un siglo más, por el simple hecho de que era una fuente de ingresos segura para la corona castellana, que aún dependía en exceso de sus nobles, egoístas y ansiosos de poder personal, por encima del interés de su reino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *