El coronel Moscardó y la defensa del Alcazar de Toledo.

Uno de los hechos más trascendentes de la guerra civil española, tanto por su significado, como por el heroísmo que en el hubo, fue el asedio del Alcázar de Toledo. Pese a que Toledo no era un punto estratégico demasiado valioso desde el punto de vista militar; la toma del Alcázar pronto se convirtió en algo fundamental para las fuerzas republicanas, que intentaron buscar en ello un golpe de efecto propagandístico. Pronto, todo el mundo estuvo pendiente del desarrollo de los acontecimientos de esta operación. La tenaz resistencia de sus defensores, hizo que la publicidad del asedio se volviera contra los republicanos, cosa que supieron aprovechar los nacionales para ganar una gran batalla moral en los inicios de la guerra, que sirvió para llenar de motivación a sus filas. No les importó tener que desviar las tropas que iban a atacar Madrid, perdiendo un tiempo que habría sido precioso para ocupar la capital en el mismo año 1936. Sabían que si liberaban el Alcázar, ganarían muchos enteros ante la opinión pública, y, además, harían bueno el sacrificio y la constancia de sus defensores, encabezados por el Coronel de Infantería Don José Moscardó.
Moscardó había nacido en Madrid en 1878. Se encontraba estudiando como cadete en la Academia, situada entonces en el Alcázar, en 1897, cuando pospone sus estudios para ir a combatir a Filipinas, aquí empieza a demostrar contar con un gran valor. Una vez terminado ese conflicto, volvió a la Academia para terminar sus estudios y ser destinado con su regimiento, el de Voluntarios del Serrallo a la guerra del Rif de 1909. En África pasaría gran parte de su carrera hasta que en 1929 es ascendido a Coronel y destinado al Colegio de Huérfanos de Toledo. Debido a la llegada del a II República y las reformas que trajo su advenimiento es degradado a Teniente Coronel, pero en 1934 vuelve a ascender y se hace cargo de la Escuela de Gimnasia, además de ser nombrado Comandante Militar de la ciudad. Debido a su cargo fue el encargado de organizar la participación española en las Olimpiadas de Berlín de 1936. Estaba dispuesto a viajar a esta ciudad para asistir a las mismas, cuando le sorprendió el inicio de la guerra civil.

Foto de los resistentes.

Desde el principio supo Moscardó donde estaba su sitio y aunque no se rebeló de forma clara al gobierno republicano, comenzó a desobedecer sus órdenes y a preparar la toma de Toledo. La ciudad no contaba con una amplia guarnición militar, pues solo albergaba algunas dependencias y la Academia de Infantería, Caballería e Intendencia, que además, por estar en periodo vacacional, apenas contaba con unos pocos cadetes y tropa destinada en la misma. De lo que si disponía Toledo era de una fábrica de armas que contaba con mucha munición, la cual enseguida reclamó el gobierno de Madrid. Moscardó sin negarse, empezó a poner trabas, por lo que los republicanos le amenazaron con enviar tropas a tomar la ciudad. Moscardó analizó la situación y supo ver que poco podía hacer con los hombres que tenía, por lo que decidió enviar todo el armamento en el Alcázar y encerrarse allí para resistir con sus hombres. Además ordenó que todas las comandancias próximas de la Guardia Civil, abandonaran sus puestos y se reunieran con él, trayendo además sus familias. Las fuerzas y material con las que contó, según palabras del propio Moscardó en su diario de operaciones eran:

Hombres

Jefes y Oficiales: 100

Comandancia Guardia Civil: 800

Tropa Academia: 150

Tropa Escuela de Gimnasia: 40

Falange, Acción Popular y varios: 200

En total, unos 1.300; 1.200 para defensa efectiva, por tener que atender a los distintos servicios los no combatientes. A esta guarnición hay que añadir

Mujeres 550

Niños 50

Procedentes, en su mayoría, de familiares de la Guardia Civil, de algunos profesores de la Academia y elementos de Toledo que se refugiaron en el Alcázar, que en total hace una población en el recinto de unas dos mil almas.
Material

De defensa se contaba con el armamento de la Guardia Civil, Academia, Escuela de Gimnasia y Guardias de Asalto y Seguridad, que tenían unos mil doscientos fusiles y mosquetones, y de la Academia se contaba con dos piezas de montaña de 7 cm., con 50 disparos de rompedora; trece ametralladoras Hotckiss de 7 mm., y trece fusiles ametralladores, de la misma marca y calibre, todo en uso por los alumnos en sus prácticas, y un mortero de 50 mm.
Municiones se contaba con las del Alcázar y las de las Fábricas de Armas, que se trasladaron, que en cartuchos de fusil y ametralladora sumaban unos 800.000; 50 granadas rompedoras de 7 cm.; 50 granadas de mortero Valero de 51 cm.; cuatro cajas de granadas de mano Laffite -ofensivas, 200-; una caja de granadas de mano -incendiarias, 25-, y unos 200 petardos pequeños de trilita y un explosivo eléctrico.
De material de defensa contra gases se puede decir no existía, pues en la clase de guerra química se encontraban unas veinticinco máscaras, pero cada una de modelo distinto y la mayor parte de ellas sin eficacia alguna.
Material de fortificación: sólo se contaba con algunos picos y palas de la Academia, pues Toledo carecía de Parque de Ingenieros.
De Transmisiones, los primeros días se contaba con el teléfono automático, y cuando lo cortaron, una vez asediado el Alcázar, se hacía solamente con el interior por líneas militares de campaña tendidas a los sitios y puestos que se juzgaban más interesantes. La fuerza de la Guardia Civil llevó al Alcázar la emisora transmisora de la Comandancia; pero por no tener grupo electrógeno, apenas cortaron el fluido cesó su funcionamiento.
De material de transmisiones para comunicarse con el exterior había el de la Academia, pero la falta de fluido no permitía funcionar a las radios de campaña, ya muy usadas, y tras grandes esfuerzos, reuniendo las baterías de los coches automóviles, se pudo establecer una estación receptora con auriculares que permitió saber la situación en el exterior.
De material sanitario se contaba con el de la Academia (Enfermería), mas el de la Farmacia Militar, que quedaba dentro del recinto de defensa, teniendo elementos hasta muy avanzado el asedio, quedando al final vendajes y algodón.
Víveres

Escasearon desde el principio, pues la Academia, en su vida normal, tenía un economato muy bien surtido; pero por la reducción de Academias, su número de alumnos (unos setenta entre Infantería y Caballería) y empezar el Alzamiento en julio, época de vacaciones, no estaba previsto y sólo quedaban pequeñas cantidades de lo más necesario, como eran judías, garbanzos, arroz, aceite, sal, azúcar, café, especias, y aparte esto había botellas de vinos finos en cantidad, así como latería de anchoas, espárragos y almejas, pues aunque su cantidad no resolvía nada en las comidas que confeccionar, y por tanto desde un principio se dispuso no tocar nada y sólo por excepción de un trabajo excesivo o para enfermos se tomaban de allí vinos generosos, vermut o latería. Víveres para comer un plato en cada comida había para cinco o seis días, y pan; como tampoco había servicio de Intendencia, en Toledo se tenía por contrato con una panadería particular, así que apenas comenzó el asedio no se pudo suministrar.
Agua: Aunque se racionó para evitar su despilfarro, había en abundancia en los distintos pozos aljibes del Alcázar, que permitió no faltase este elemento vital tan necesario, pero que en todo momento estuvo debida y rigurosamente inspeccionada, tanto en su distribución diaria como en el traslado a diversos lugares para evitar su pérdida por bombardeos de artillería y aviación.
La falta de pan se pensó subsanar al principio consumiendo el trigo agorgojado que había para alimentación del ganado, como así se empezó, y después consumir la cebada del ganado; pero afortunadamente se descubrió un depósito de trigo propiedad de un Banco que estaba en las inmediaciones del Alcázar por la parte Este, que contenía unos dos mil sacos de trigo de noventa kilos cada uno y de excelente calidad. Con este hallazgo providencial y los

Momento en que una de las torres del Alcazar es volada por una mina.

caballos y mulos de la Academia y Guardia Civil se resolvió el problema de la alimentación, aunque en forma muy precaria, hasta que terminó el asedio, ya que la ración de pan que se podía fabricar en el horno de campaña no llegaba a los 18o gramos por el número tan elevado que había que producir y lo poco que rendía la pequeña molturación de trigo que había en el Museo de Intendencia; la carne tenía que estar severamente racionada, pues el asedio se prolongaba, y baste decir que al final de éste sólo quedaron sin sacrificar un caballo y cinco mulos, que hubiesen permitido, a lo máximo, la alimentación escasísima durante seis días.
Por el contrario, las fuerzas republicanas eran mucho mayores, tanto en material como en número. Es difícil saber cuántos combatieron porque se dio el fenómeno llamado “turismo revolucionario”, que consistía en que por la mañana venían desde Madrid en multitud de vehículos, pegaban unos cuantos tiros, para volver por la tarde a contar en la capital sus supuestas hazañas. En los 70 días que duró el asedio, del 22 de julio al 28 de setiembre de 1936, el Alcázar fue 35 veces bombardeado por la aviación republicana y recibió más de 15000 proyectiles de artillería de diversos calibres, además de fuego de fusilería constante. Pero lo que más daño hizo a la estructura fueron las dos minas de 3000 kg de trilita, cada una, que colocaron en sus cimientos en el asalto del 18 de setiembre, el más violento que sufrió el Alcazar, pero que pese a todo, gracias a la buena organización que dispuso Moscardó, solo costó 5 bajas a los defensores.

Muchos fueron los héroes de esta feroz resistencia, como el Capitán Don Luis Alba Navas, que ante las constantes mentiras del bando republicano sobre que el Alcázar había caído, decidió salir disfrazado de miliciano para informar de la verdad a las tropas nacionales, pero que fue descubierto y fusilado. Tampoco se puede olvidar al Cabo de la Guardia Civil Cayetano Caridad, que por haber trabajado como minero, vigilaba constantemente la progresión de la mina que preparaban los republicanos para volar el Alcázar, y que precisamente le tocó a él estar de guardia cuando esta explosionó. Cada uno de los que estuvo allí fue un héroe, incluso mujeres y niños que no pararon de animar, pero todo hubiera sido mucho más difícil sin la actuación de Moscardó, que desde un principio tuvo la iniciativa de anticiparse a los acontecimientos y armarse lo mejor posible en una posición fuerte. Aunque hubo algunas deserciones, supo mantener bien alta la moral de los habitantes de la fortaleza, incluso empezó a editar el famoso diario El Alcázar que tantos años siguió después, y en el que de una manera cómica se narraba el desarrollo de los acontecimientos.

Moscardó con Franco y Varela tras la liberación.

Pero sobre todo Moscardó demostró su liderazgo con el ejemplo, aunque en sus cartas a su mujer muchas veces dice que se encuentra abatido, nunca selo demuestra a sus tropas, sino que no las para de animar. Porque así era, su mujer e hijo no habían podido reunirse con él en el Alcázar, y será con su hijo con quien Moscardó haga su mayor sacrificio como líder de la defensa, pues como hizo muchos siglos antes Guzmán el Bueno, no aceptará el chantaje de rendir la plaza a cambio de la vida de su hijo. De nuevo, quien mejor que el propio Moscardó para describir estos hechos:

El día 23 de julio, por la tarde, sonó el teléfono, pidiendo hablar conmigo. Me pongo al aparato, y resultó ser el Jefe de Milicias de Toledo, quien, con voz tonante, me dijo: «Son ustedes responsables de los crímenes y de todo lo que está ocurriendo en Toledo, y le doy un plazo de diez minutos para que rinda el Alcázar, y, de no hacerlo, fusilaré a su hijo Luis, que lo tengo aquí a mi lado». Contesté: «No creo».

Jefe de Milicias.-«Para que vea que es verdad, ahora se pone al aparato». Hijo. -«¡Papá!»

Yo.-«¿Qué hay, hijo mío?»

Hijo.-«¡Nada; que dicen que si no te rindes me van a fusilar!»

Yo.-«¡Pues encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota, dando un grito de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva España!»

Hijo.-«¡Un beso muy fuerte, papá!»

Yo, al Jefe de Milicias. -«¡Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, pues el Alcázar no se rendirá jamás!»
Un mes después, el hijo de Moscardó fue fusilado sin compasión.

Finalmente, el Alcázar fue liberado por la columna del General Valera, la cual Moscardó se le presentó con la famosa frase “Sin novedad en el Alcázar, mi General”. Quizás algo menos famosa, pero igual de impactante es otra frase suya, esta vez al General Franco, cuando este llegó al día siguiente y Moscardó le dijo “Mi general, le entrego el Alcázar destruido, pero el honor queda intacto”. Pero no solo Moscardó habló de su hazaña, para no parecer partidistas que mejor que el testimonio de un periodista extranjero que afirmo “Arrodillémonos ante estos hombres: son la dignidad del mundo. Ellos nos engrandecen con su heroísmo. Por ellos estamos seguros de que el alma humana es todavía capaz de infinita grandeza”.

Moscardó fue ascendido a General de Brigada y luego de División por sus acciones en la guerra civil, donde siguió demostrando ser un gran líder militar. Además recibió la Laureada de San Fernando y con el tiempo Franco le otorgo la grandeza de España con el título nobiliario de Conde del Alcázar de Toledo.

Monumento en honor a los que resistieron el asedio.

 

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