El Teniente Coronel Valenzuela. Tizzi-Assa, el espíritu de compañerismo.

Una vez más, volvemos la vista hacia los primeros años de la Legión, aquellos en los que supo forjar el temperamento, la idiosincrasia y la leyenda que la acompañan hasta nuestros días. Pronto empezó la legión a teñir su bandera con la gloriosa sangre de sus legionarios, pero fue un 5 de junio de 1923, en la zona de Larache, en el collado de Tizzi Assa, en la posición de Tafersit, donde el Tercio ofrendó a la Patria la vida de su mejor legionario, el segundo jefe de su historia, el Teniente Coronel Don Rafael de Valenzuela y Urzaiz.
Valenzuela nació en 1881 en Zaragoza. Ingresó en la Academia de Infantería del alcázar toledano antes de cumplir los 16 años, para ser promovido en un solo año al empleo de segundo subteniente, debido a la implantación de cursos reducidos ante la necesidad de oficiales subalternos que trajeron las guerras del 98. Fue Valenzuela un hombre culto que dominaba varias lenguas como el inglés, francés, alemán, latín y griego y perteneció a la Real Maestranza de Caballería de Zaragoza. Tras varios destinos y ascender por antigüedad en 1903 a teniente y en 1909 a capitán, será su llegada a Marruecos la que le marcará y lo convertirá en el gran militar que fue. Obtuvo el ascenso a comandante por meritos de guerra en 1913, además de la Cruz de María Cristina, la del Merito Militar con distintivo rojo y la Medalla Militar de Marruecos. Ascendió a teniente coronel en 1919. Tras el desastre de Annual, decide volver a África y se pone al mando de dos batallones de infantería con los que ayuda a retomar parte del territorio perdido tras aquellas tristes jornadas del verano de 1921. En setiembre de 1922 se encarga de la creación del Grupo de Regulares Indígenas nº 5, el “Alhucemas”. No disfrutará mucho del mando de esta unidad, pues el 30 de noviembre del mismo año recibe el mando del Tercio de Extranjeros, del cual su fundador, Millán-Astray, había cesado por motivos políticos, su enfrentamiento con las Juntas Militares. Se presentó ante sus nuevos hombres a través de una Orden General del Tercio de Extranjeros, para ganarse, ya desde el principio, el cariño y la admiración de aquellos aguerridos hombres maltratados por la fortuna.

TIZZI-ASSA.
Tan solo seis meses después de tomar el mando del Tercio, Valenzuela escribió su página más gloriosa hasta el momento. Cerca del poblado de Tafersit, existía una posición defensiva en el puerto de Tizzi-Assa. A finales de mayo los rifeños inician un asedio de la posición que con el paso de los días se vuelve cada vez más crudo. Sus defensores -pertenecientes al Regimiento de Infantería Isabel la Católica nº 54, hoy nº 29 y perteneciente a la BRILAT, con guarnición en Pontevedra, y a los que se conoció como “Los Héroes de Tizzi-Assa-, se encuentran en el límite de sus fuerzas. Lo escarpado del terreno hace prácticamente imposible la llegada de convoyes que puedan reforzar la posición. El alto mando decide crear una columna que vaya en su ayuda, bajo el mando del coronel Gómez Morato. Dentro de esta estarán las fuerzas legionarias, formadas por la I, II y IV Banderas, con el propio jefe del Tercio, Valenzuela, al frente. Es el 4 de junio de 1923, un día antes de la acción, cuando Valenzuela motiva a sus hombres con un discurso que ha pasado a la historia y con una última sentencia que está escrita en la eternidad y hoy es uno de los lemas más sagrados de la Legión:

“Caballeros Legionarios, mañana salvaremos a nuestros compañeros de Tizzi-Assa; mañana entrará el convoy o yo pereceré. Mañana ejecutaremos esta hazaña, porque nuestra raza no ha muerto aún”.

Valenzuela estaba dispuesto a darlo todo por salvar a aquellos hombres. Sabía que su abrazo con la muerte era casi seguro, y, como buen Caballero de la Orden de Santiago, pidió ser confesado antes de aquel decisivo día.
En los albores del 5 de junio se inicia el ataque para liberar Tizzi-Assa. La primera oleada hace retroceder a los rifeños, pero, buenos conocedores del terreno, se aliaran con este para frenar la ofensiva española en el barranco de Loma Roja. Las bajas son muy numerosas en ambos bandos, pero los rifeños tienen más reservas. Es el momento más crítico de la jornada. El mando empieza a temer verse superado y rememorar un nuevo desastre en aquellas inhóspitas tierras. Es entonces, cuando consciente de lo delicado de la situación, Valenzuela ordena poner toda la carne en el asador. Ordena a su cornetín rasgar el viento con las notas del toque de ataque, se incorpora sobre la ladera y con el gorrillo y su bastón de mando en la mano izquierda, y la pistola en la derecha, se lanza al asalto gritando ¡A mí los valientes! ¡Viva la Legión! Al ver esta imagen casi divina, sus hombres, hechizados de mística, no dudan en acompañar a su jefe en esa carrera suicida. Los rifeños no pueden detener esta horda fanática empiezan a ceder. Pero en su retirada, alcanza con una ráfaga a Valenzuela. Siete balas le atraviesan y le quitan la vida en el acto. Ha caído el jefe, será un gran trofeo para los harkeños el hacerse con tan preciado cuerpo. Sus legionarios no lo van a permitir. Los primeros en caer son su cornetín y su plana mayor, los más cercanos. Luego los cuatro camilleros que fueron a recoger su cuerpo, que cada vez tiene más y más compañeros encima y a sus lados, protegiéndole de la profanación. La escena es seguida de cerca por un joven alférez del Tercio, Pablo Sendra, que con los 20 hombres que le quedan en su sección, se lanza también a proteger los restos del líder. Cuando por fin se pudo rechazar al enemigo de la posición y se pudo rescatar el cuerpo de Valenzuela, 40 legionarios yacían a su alrededor, formando una lujosa escolta hacia el más allá del ya inmortal Valenzuela y cumpliendo con el Espíritu de Compañerismo: “Con el sagrado juramento de no abandonar jamás un hombre en el campo, hasta perecer todos”.

La muerte de Valenzuela conmocionó al Tercio y a la sociedad española, dando idea de lo querida que era su persona. Se trasladó su cuerpo inerte hasta su natal Zaragoza, donde recibió sepultura en la Basílica de Nuestra Señora de la Virgen del Pilar, siendo acompañado su féretro desde su llegada a la ciudad hasta la cripta por todo el pueblo maño, algo que solo se hacía cuando morían importantes personalidades de la iglesia.
Valenzuela recibió la Medalla Militar Individual a título póstumo, además el rey Alfonso XIII le concedió el título nobiliario de Marqués de Valenzuela de Tahuarda, por pertenecer Tizzi Assa a las conocidas como Peñas de Tahuarda.


Para la operación de Alhucemas se creó el 1 de mayo de 1925 la VII Bandera, que poco tiempo después participó en la acción. A esta Bandera se le dio el nombre de Valenzuela, siendo su escudo la cruz de Santiago, de cuya orden militar fue miembro Valenzuela.
En la obra La Legión que vive, el coronel Mateo describió así a este héroe:

“Valenzuela se volcaba al hablar de ideales nobles y generosos; cuando se dirigía sus hombres tremolaba la voz, distendía el gesto, temblaban sus puños y asomaban lágrimas a sus ojos de mirar recto y leal. Y en el campo, en operaciones, al crepitar la fusilería de la horda rebelde, su esbelta y vigorosa figura se agigantaba y el Legionario que era, se crecía guiado y transformado en todo su ser”.

Lápida de la tumba de Valenzuela.
Escudo de la VII Bandera.

 

Bibliografía:

-Elogio y glosa emocionada del Teniente Coronel Valenzuela, del Comandante Don Francisco Ángel Cañete Pérez en www.asasve.es
-www.amigosdeltercertercio.com

 

 

 

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